Soy su producto
Corría el año 1920 cuando un joven de 16 años desembarcaba del Virgen Rosario, anclado en uno de los muelles del puerto de la Habana. Llegaba de Gran Canarias, de Valsequillo, un pueblo donde la única fuente de riquezas era el cultivo de hortalizas, frutas, legumbres y cereales, que luego vendían en el Mercado Central de Telde, un pueblo vecino.
Muchas décadas atrás ya muchos de los jóvenes de su pueblo marchaban a buscar fortuna al Nuevo Mundo, retornando unos pocos convertidos en indianos (aquellos que regresaban con mucho dinero, reunido con el trabajo de muchos años en aquellas lejanas tierras). El nombre de Cuba se había convertido en el edén, el sitio donde todos creían que podrían llenarse de riquezas y convertirse en el patrón de una gran extensión de tierra. Ese era el gran sueño… un trozo de tierra donde cultivar… no tenía sueños de grandeza, sólo quería trabajar, ganarse la vida… y regresar.
Aturdido y aún mareado, bajó las escalerillas de madera del muelle, y con una mirada cansada y a la vez ilusionada, intentó recorrer el hervidero de gentes, carretillas y coches que le daban la bienvenida. Eran años de recesión económica en la isla, otrora colonia española, pero el puerto mantenía el ritmo frenético de trabajo, cargando toneladas y toneladas de azúcar de caña que se vendían directamente a los Estados Unidos de América.
Con la maleta de madera de color marrón en una mano, y el sombrero de fieltro en la otra, echó a andar entre la multitud por la Plaza de los Marineros, abriéndose paso entre vendedores pregonando sus productos, mulatas y negras con vestidos y faldas de vivos colores y cestas en la cabeza repletas de frutas, señores encopetados y el normal trasiego de coches de dos caballos guiados por rectos cocheros uniformados…
Casi 40 años después, la victoria del movimiento revolucionario y el establecimiento del nuevo gobierno, lo sorprendió trabajando como aparcero en las tierras de un rico latifundista en la provincia habanera, en el municipio Mariel. Desde 1931 se había casado con una negrita criolla llamada Leopoldina, con la que formó una familia de nueve hijos.
Los nuevos acontecimientos en el país y las leyes del nuevo gobierno que afectaron directamente a la gran propiedad convirtiendo la mayoría de las tierras en propiedades cooperadas de campesinos, hicieron añicos sus sueños de convertirse en dueño de la parcela. Se sumó a la oleada transformadora y se convirtió en un cubano más en los nuevos tiempos, hasta que lo sorprendió la muerte en el año 1963. Estos son mis orígenes. Soy un producto de la emigración… y un eslabón más…
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